sábado, 23 de agosto de 2008

“Nada escapa a la crisis de la modernidad”



Listín Díario

Sábado 23 de Agosto del 2008, actualizado 3:10 AM

FILOSOFÍA


“Nada escapa a la crisis de la modernidad”

Ibeth Guzmán - 8/23/2008



SU LIBRO “LA MODERNIDAD COMO PROBLEMA” ES CAPITAL PARA ENTENDER EL PRESENTE

SANTO DOMINGO.- Luis O. Brea Franco es parte del exclusivo grupo de filósofos con que contamos en la República Dominicana. Cuenta con una sólida formación académica. Doctor en Filosofía, por la Universidad de Florencia (Italia). Tiene estudios especializados en Economía y Finanzas, y en Ciencias Políticas, en la misma universidad. Ha sido profesor y directivo de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) desde 1975-2000. Es miembro e investigador de la Academia de Ciencias de la República Dominicana (ACRD), de la que ha sido miembro del Consejo Directivo. Es miembro del Senado -Consejo Directivo- de la “International Association of Philosophers” (IAP). Entre sus publicaciones están: “Claves para una lectura de Nietzsche”, ACRD, 2003, Premio Nacional de Ensayo, 2004; “El espejo de Babel”, 2005; “La modernidad como problema”, 2007. En la actualidad es Gerente de Cultura del Banco de Reservas. Hemos conversado con él para que nos hable de su visión filosófica y la identidad dominicana.

¿Cómo evalúa la crisis de la filosofía?

Nada escapa a la crisis en que nos encontramos entrampados en la época de la hipertrofia de la modernidad, pues al haber sucumbido los dioses y los valores que antes reverenciábamos, haberse hundido el respeto a la tradición y al pasado, todos los altares que orientaban a la humanidad han quedado desiertos o han sido desacralizados. Y no es posible una vuelta hacia atrás. La filosofía como característica actividad milenaria de la civilización occidental ha sufrido en carne propia los embates de este proceso de desvalorización de todos los valores.

La filosofía es un quehacer humano fundamentalmente histórico, ya que tiene que ver con lo histórico en, por lo menos, tres sentidos.

En un primer sentido, la filosofía se refiere y adhiere a una tradición milenaria que se suele iniciar con los primeros pensadores helénicos, que luego al pasar por Platón y Aristóteles y la Edad Media, ha venido configurando en la época moderna con un despliegue de problemas y cuestiones a las que se busca enfrentar y corresponder mediante la elaboración de un lenguaje técnico-filosófico que es, también, radicalmente histórico.

La filosofía se manifiesta mediante la elaboración, el perfeccionamiento y la codificación de una terminología que viene considerada adecuada a tratar con cierta sutileza y transparencia los más abstrusos matices que adquieren las cuestiones que se plantea. La filosofía se presenta históricamente dotada de un lenguaje histórico. Este es el segundo sentido en que se hace presente lo histórico en la filosofía.

En tercer lugar, la filosofía como saber históricamente constituido ha venido articulando sus resultados y argumentaciones en el contexto de un orden conceptual y mediante un método. La filosofía ha pretendido presentarse como fundamentalmente coherente y sistemática. Esto quiere decir que el saber filosófico se ha exteriorizado en la forma de un sistema conceptual que adelantaba como si fuere, en verdad, un espejo de la realidad, al dar por descontado que la realidad, el mundo, es coherente, unitario y se puede exponer en un orden de derivación lógica.

Todo esto, hoy, ha entrado en crisis. Y nosotros, seres humanos de nuestro tiempo tenemos que tomar acto de esta ruptura y actuar de consecuencia.

Me parece que el filósofo contemporáneo no puede aspirar, en medio de una realidad que se presenta escindida, disgregada, fragmentada y en sí misma contradictoria, como antes, a actuar, elaborando sistemas de realidad.

El pensador de nuestro tiempo ñprefiero utilizar este término al de filósofo- debe responder no con sistemas, sino que debe a lo máximo aspirar a presentar perspectivas, puntos de vista o escorzos de realidad, que serán necesariamente parciales, pero que pueden tener la virtualidad, la posibilidad de proyectarse como una totalidad abierta, en camino de elaboración.

Quizás lo único que permanece fiel a la visión sistemática que predominaba en la vieja metafísica occidental es el sistema de dominio que ha implantado la técnica moderna para absorber, manipular y devorar todo cuanto es, en los términos de su voluntad de dominio absoluto de la realidad.

El pensador alemán Martín Heidegger, decía en sus clases en los años cuarenta, en el siglo pasado, que el proceso de la tecnificación del mundo ha adoptado el método de la antigua metafísica. Quería subrayar con esto, que la esencia de la técnica que nos domina constituye la tendencia a la sistematización de todo lo que hay en el universo.

La realidad, guiada por la ideología que constituye la técnica, se ha transformado en un sistema que todo lo interconecta y busca dominarlo todo sin excepción. En semejante marco de sentido todo lo que queda fuera del sistema es considerado como insignificante y como algo sin valor. Ahora, en este mundo tecnificado, todo lo que hay viene asumido en función de su valor de cambio, según su precio. Todo viene a ser alimento para el sistema que se revela plenamente en el mercado todopoderoso y omnipresente.

¿Puede decirse que tenemos alguna corriente que nos identifique?

En el sentido tradicional en nuestro país no ha habido filosofía, entendida ésta como una actividad con una presencia real en la sociedad en un período histórico determinado; presencia que debería manifestarse en forma de debates abiertos, públicos y contradictorios sobre cuestiones que atañen la problemática filosófica. En nuestro país ha habido si, pensadores, y personas cultas que en su ámbito privado han podido dedicarse a cultivar el estudio de la filosofía en cuanto metafísica. Pero la filosofía no ha tenido eficacia social e histórica en nuestro país.

Quizás la primera manifestación de cultura filosófica en el país moderno apareció con la creación de la Facultad de Filosofía y Humanidades en la Universidad de Santo Domingo, a partir de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

Allí se formó un cuerpo profesoral entrenado adecuadamente en el tratamiento de las interioridades del quehacer filosófico y se formaron muchos jóvenes que hoy son nuestros grandes maestros en diversos campos del conocimiento y de la creación artística. En ese momento actuaron Andrés Avelino, Juan Francisco Sánchez, Pedro Troncoso Sánchez, Carlos Federico Pérez y Pérez, Salvador Iglesias, Fabio Mota, Joaquín Salazar, Antonio Fernández Spencer y muchos más.

¿Cuáles son los filósofos, clásicos y modernos, considera usted que más impacto han tenido en la dominicanidad?

La República Dominicana es hija del tiempo en que se produce su nacimiento. En los años treinta y cuarenta del siglo XIX, reinaba en el mundo Europa, que era el faro de luz que iluminaba la cultura de Occidente y dominaba como la gran potencia técnica mundial, dueña del capital financiero, de los medios de transportes y del poderío militar.

Y en Europa dominaba el romanticismo, tanto el de derivación literario-humanista cuyos principales representantes fueron Lamartine, Benjamin Constant y Victor Hugo, así como el de proveniencia metafísica, el idealismo alemán, que tuvo como exponentes principales a Fichte, Hegel, Schelling y Schopenhauer. También, regían otras corrientes que privilegiaban lo social y que cristalizaban en los planteamientos de Fourier, Sant-Simon, Michelet, Proudhon, Herzen, Bakunin, hasta llegar al desarrollo, por un lado, del positivismo de Auguste Comte, al enfoque marxista derivado de los análisis de Marx y Engels y los liberales e utilitaristas ingleses: Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill, Spencer y Jeremy Bentham.

Creo que como dominicanos, para comprender el universo de ideas que tenían vigencia en el siglo XIX deberíamos volver a estudiar a fondo este período. Esta es la propuesta que formulo en mi último libro: “La modernidad como problema”.

LOS JÓVENES

Actualmente, hay jóvenes que tienen formación académica seria y que están dedicados a trabajar en filosofía con sentido de continuidad. Entre estos podemos nombrar a pensadores jóvenes como Mabel Artidiello, Leonardo Díaz, Edickson Lantigua, Julio Minaya, Francisco Pérez; y no tan jóvenes, como Enerio Rodríguez, Lusitania Martínez, Rafael Morla, Alejandro Arvelo, José Mármol, Fidel Munnigh, Odalís Pérez, Miguel Pimentel, Fernando Ferrán, John Mendoza y Elsa Saint- Aimant, Federico Henríquez Gratereaux,… Además está el grupo de pensadores y profesores del Centro Estudios Filosóficos Francisco Bonó, y está la obra del padre Jesús Hernández quien además de apadrinar la Biblioteca Filosófica Salesiana, también escribe sobre el tema.

SUS LIBROS

Cada uno ha respondido a una etapa de mi vida y al planteamiento problemático que en ese entonces me hacía. No tengo libros preferidos. En cada uno de ellos veo el movimiento hacía un desarrollo, y en todos constato el proceso en marcha de una evolución. Sin embargo, todos tratan de los mismos problemas que son los que siempre me apasionan e inquietan.

Los problemas que los caracterizan son los mismos, pero cada uno los despliega hasta un cierto desarrollo o nivel de conciencia.

En cuanto a la forma, en cuanto a la escritura, resaltó tres ensayos como mis preferidos: “El asombro como actitud” (1982), en “Antología del pensamiento helénico”; “Estética, nihilismo e identidad” (1994), en “Preludios a la posmodernidad”; y “Reflexiones sobre el problema de nuestra identidad” (2001), en “La modernidad como problema”.

domingo, 17 de agosto de 2008

Hacia nueva edición libro de Luis Brea Franco




En su obra “La modernidad como problema”, el autor expresa sus preocupaciones por la problemáticas desarrollo

No ha sido promovido porque el autor es enemigo de poses y protagonismos. Aunque sus libros no son él, prefiere que el atractivo para el lector sea lo que ellos expresen. A pesar de esa renuencia al figureo todas sus obras están agotadas pero ninguna había desaparecido tan rápido de las librerías como “La modernidad como problema”, editada a finales del año pasado.

Luis O. Brea Franco trabaja en la segunda edición de esta demandada obra de la que quedan pocos ejemplares.

Para quienes han seguido su rica y profunda producción, este libro podría ser complemento o culminación de inquietudes que el distinguido filósofo, economista, politólogo y, sobre todo crítico social, viene planteando desde 1982 cuando escribió su “Antología del pensamiento Helénico” en la que le alarmaba el “geocidio” cuando todavía no se hablaba de problemas ecológicos.

Esas preocupaciones por la problemática del desarrollo, por desentrañar la esencia de los tiempos modernos, se manifiestan en todas sus demás obras en las que se perfila no sólo como estudioso de la filosofía y crítico de la sociedad contemporánea sino también como atormentado cronista que examina traumáticos acontecimientos del devenir nacional.

“Hacia mediados de 2004 tomé la decisión de dedicarme a explorar algunos temas que me interesaban sobre ideas y teorías que habían tenido su desarrollo en el siglo XIX europeo, y de analizar cómo habían vivido ese tiempo los acontecimientos y las ideas que la habían dominado: la idea del progreso, la afirmación del conocimiento científico, la aparición de las masas, el desarrollo de la tecnología, y discernir la directa incidencia de tales asuntos en la vida de la época”, explica Brea Franco, agregando que es en este periodo en que se consolida la revolución industrial, se produce el florecimiento del capitalismo, nace el mercado global y el poder del Estado pasa a manos de la burguesía.

Los dominicanos

La indiferencia del historiador dominicano frente a sucesos mundiales, los problemas de la identidad, las repercusiones de determinados hechos en el destino de Santo Domingo, son temas apasionantes de esta obra que Diógenes Céspedes, autor del prólogo, invita a ver como examen más que como deleite para determinar “qué nos ha faltado como sociedad y qué debemos hacer para empinarnos, hacerla realidad grande y acceder a la modernidad”

“Creo que al historiador dominicano le falta tener mucho de referencia con lo que ha sucedido fuera del país. Generalmente estudiamos la historia dominicana concentrados en lo que ocurrió aquí, pero es que la historia dominicana es consecuencia de lo que sucede en un siglo XIX, que es el siglo donde se están moviendo los inicios de lo que va a ser después la globalización, o sea, surge el comercio internacional, el movimiento de los capitales, se producen transformaciones, cambia el paisaje humano y se condiciona la formación de las nuevas mentalidades”, expresa Luis Brea.

Es, añade, “el tiempo en que se consolida la opinión pública, que exige mayor información y participación en todos los asuntos sociales, sean estos de carácter cultural, religioso, filosófico, científico o de interés comunitario, y aún más, pretende conocer y participar de la vida de las luminarias del tiempo”

El libro, aduce, “es un poco presentarle temas al historiador nativo para que vea que lo que él trata como asunto nuestro tiene un complemento de ideas que no sucedieron aquí, pero tienen que ver, y son necesarios para descodificar la historia”

Por esa razón son presencia permanente y reiterada en “La Modernidad como problema” Trujillo, su dictadura, sus arbitrarias decisiones, sus adláteres, tanto como Lilís, Duarte, los Trinitarios, las guerras fratricidas, Hostos, Luperón, el golpe de Estado contra Juan Bosch, las ocupaciones yanquis, las Devastaciones de Osorio, las guerras de Restauración o el esplendor de la llamada “Atenas del Nuevo Mundo”

Consideraciones de gran interés son las que se refieren al burgués. Brea Franco pregunta: “¿A qué le teme el burgués?” Y responde: “Ni a los intelectuales, ni a los obreros; a los comunistas un poco, aunque les desprecia; tampoco a la razón. A lo que le teme el burgués, según Dostoievski, es a “la posibilidad del regreso de la Revolución...”

Incluye, además, extensas reflexiones sobre “el problema de nuestra identidad”, tema que ha sido una pasión constante en cada libro o artículo del afamado profesional. “El problema del dominicano es la identidad, porque si la tuviéramos firme, segura, no nos la propusiéramos”, comenta.

En el libro de 247 páginas, impreso en Amigo del Hogar, aparecen también capítulos sobre el estrés social, la ruina, el uso del poder, las revoluciones, la pereza, el origen del romanticismo, “Duarte, como nuestra utopía”, el arte de conocerse a sí mismo, la ausencia de un orden, el origen de los demonios, la globalización, el desafío de la felicidad... Son 83 en total y con ellos Luis Brea Franco aspira a crear conciencia de los peligros que nos acechan “en tiempos en que los modos de convivencia parecen dirigirse a lo peor”

Brea Franco ha publicado, además, “Preludios a la posmodernidad. Ensayos filosóficos”, “Claves para una lectura de Nietzsche”, que fue Premio Nacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña, en el 2004, “El Espejo de Babel” y “Compendio de legislación cultural de la República Dominicana”, junto con Arturo Victoriano.

Entrevista con Ángela Peña, en Areíto, suplemento literario del diario "Hoy", Santo Domingo, D. N. Sábado 16 de agosto 2008

domingo, 24 de febrero de 2008

LOGOS

“En arché en hó logos…”

Soplo anhelante…
Resplandeciente plenitud del silencio.
Sede secreta del origen y la muerte,
Esplendor, llave.

El oro y la belleza,
El fuego y la mar siempre vibrantes,
El sueño misterioso y el pensamiento
Son dichosas imágenes que teje el viento.

Palabra,
Tierno abrazo, canto.
Transparencia de los abismos del tiempo…
Principio, centro.


Luis O. Brea Franco
1983 / 2008

domingo, 2 de diciembre de 2007

Un rincón de Santo Domingo a inicios de los años cuarenta del siglo XX

La modernidad como problema: las motivaciones del autor





El libro que hoy entrego a los lectores cuenta de 83 ensayos. El conjunto fue pensado como una totalidad al intentar releer y meditar los hitos de la modernidad con visión crítica y problemática. Este hilo conductor les otorga unidad, los enlaza y reúne en una unidad orgánica a pesar de tratar el tema con libertad, apertura y sin seguir un lineamiento sistemático. Con estos escritos intentaba determinar cuáles habían sido las notas característica del siglo XIX europeo occidental, en un momento en que Europa representaba, en su conjunto, la potencia que dominaba el Planeta.

Cuando comencé a escribirlos, decidí explorar algunas ideas fundamentales que tuvieron origen y desarrollo en el siglo XIX europeo y que para nosotros constituyen el bagaje intelectual que sin criticidad alguna, que inmediata y cándidamente asumimos como nociones y verdades evidentes, que constituyen la base conceptual con que elaboramos nuestra interpretación del mundo, de nosotros mismos, de la historia y de sus posibilidades.

En el mundo inmediato en que nos movemos, empujados por las múltiples urgencia que nos impone el dinámico modo de vida moderno olvidamos con facilidad que todo cuanto encontramos en el mundo es creación humana, es fruto de una interpretación histórica: todo concepto, toda interpretación o teoría del cosmos ha sido construida en un determinado momento histórico, para solucionar necesidades que aparecían como tales a una época específica, la cual ha correspondido ante tales incitaciones mediante la creación de discursos, símbolos, modas, esquemas de comportamientos, métodos, instrumentos y puntos de vistas, esto es, ha recurrido a edificar cultura, sistemas de significados, constelaciones semióticas, con el fin de suplir y afrontar, de sistematizar y superar las carencias, el vacío que imponía a esa cultura los retos que busca superar.

Entre las ideas y perspectivas fundamentales que hemos heredado de los siglos XIX y XX, pero que, inconscientemente, muchos de nosotros hemos llegado a considerar como creaciones eternas, están la exaltación de la idea de progreso, la afirmación de la validez única del conocimiento científico, la secularización de la vida, la devaluación de la dimensión religiosa y mitológica de la existencia, el despliegue de la técnica moderna como el paradigma del desarrollo humano, la idea de que sólo tiene valor lo que es útil y sirve para algo, y el venir a menos de la dimensión estética y de la visión humanista.

El siglo XIX fue un siglo revolucionario. En efecto, en ese momento se produjo el florecimiento del capitalismo mediante la revolución industrial, nace el mercado global y el poder del Estado pasa a manos de la burguesía. Surgen nuevas técnicas y nuevas fuentes de energía que transforman los ritmos y las modalidades de la producción y las ciudades se transforman al cambiar el paisaje humano, lo que condiciona la formación de las nuevas mentalidades.

Surge el proletariado, que comienza a adquirir consciencia de su poderío como fuerza social y exige su derecho a los beneficios que ayudaba a obtener, cuando no exige la transformación total de la sociedad. Estos reclamos crean un clima de volátil subversión del orden establecido por la burguesía. Aparecen en ese siglo las primeras manifestaciones de las masas, que exigen tener voz y voto en la política y reclaman para sí el nuevo derecho humano del momento, el derecho a la felicidad.

Fue, además, el momento en que se consolida la opinión pública, que exige información y participación en todos los asuntos sociales y se afianza la prensa periódica gracias al cambio de velocidad en la transmisión de la información, que se alcanza a través de la navegación de vapor, la extensión de las redes ferroviarias e inventos como el telégrafo y la rotativa, que facilitan y abaratan las publicaciones impresas.

Europa, a través del desarrollo político alcanzado después de la Revolución francesa y de la gran transformación industrial que aporta el capitalismo, hace tomar nuevas fuerzas a las ideas que sostienen que el ser humano está capacitado y tiene el derecho de transformar las estructuras políticas, sociales, religiosas y éticas establecidas por la tradición.

Fue el tiempo, además, donde se registra una disminución de la influencia fáctica del cristianismo sobre la consciencia de las grandes masas proletarias, que habían sido erradicadas violentamente de su ámbito natural campesino, y vienen trasplantadas sin transición alguna en inhóspitas ciudades y es, igualmente, la época en que se aplacan poco a poco los temores de que pueda acontecer históricamente un juicio final de orden divino.

Esta rica constelación de problemas y situaciones históricas únicas y la aparición de importantes pensadores originales me atraía poderosamente para que les dedicase tiempo e intensidad en mis preocupaciones intelectuales. Así, desde el mes de julio de 2004 me reconcentré en la realización de una exploración libre, abierta, en tan abundante e interesante material para extrapolar de todo esto “algunas imágenes paradigmáticas” sobre la importancia que tendría, para nosotros conocer las características de los siglos XIX y XX.

El libro constituye como un planteamiento crítico de algunas ideas directivas de la modernidad. Confieso que no acabo de convencerme de la idea de un progreso social. Creo que esto se sustenta es una ilusión, en una fe, que construimos desde la constatación de que el proceso de modernización tecnológica se proyecta en un despliegue vertiginoso de perfeccionamiento constante de técnicas, procedimientos, máquinarias y sistemas informáticos. Sin embargo, en esto, estimo, no vale la analogía. El progreso tecnológico no garantiza ni el progreso moral, ni el social, ni un final feliz para la historia, y la pereza de pensamiento sitúa a la poderosa cultura moderna ante la posibilidad de sucumbir si continuamos sumergidos en lo confuso e irrelevante.

Además, signo característico de la modernidad avanzada es el desequilibrio. En todas las naciones, en unas más que en otras, crece la miseria, mientras que en las élites dirigentes la riqueza crece, se concentra en pocas manos y se derrocha en banalidades.

En la actualidad nadie nos puede garantizar que el futuro de la humanidad será un destino feliz. Afrontamos retos y riesgos tremendos. La violencia extremista domina el Planeta; para unos es el terrorismo; para otros, la explotación, la ignorancia, el desamparo, la ausencia de justicia. Vivimos en un clima de saña y violencia inaudita, en un estado de guerra civil global, donde nadie está seguro y todo está permitido.

Sin embargo, pienso, que no todo está perdido. Creo que tendríamos que comenzar por tomar consciencia de la necesidad de superar la estrechez de la visión tecnológica del mundo que pretende dominar y manipular el ser, transforma la existencia en algo abstracto, en pura funcionalidad, renuncia a saber de sí y empobrece el acontecer postulándose como la única, correcta y segura realidad.

Tendríamos, además, que recobrar el sentido de la situación: levantar los ojos y la atención de tantas microtareas y microasuntos que nos abruman, que no nos dejan ver, ni sentir que la plenitud de ser va más allá del mero elaborar utensilios y atender a los problemas que se originan en el sistema donde estamos enredados. Tendríamos, finalmente, que proponernos actuar desde la comprensión de que para nosotros lo fundamental es “ser”.

En ese contexto es que se sitúa el libro: “La modernidad como problema”. Constituye como una invitación a repensar lo andado y a reintepretar lo vivimos a fin de que podamos abrirnos paso a otras posibilidades de ser plenamente seres humanos dotados de sentido.

Lunes 26 de noviembre de 2007

domingo, 11 de noviembre de 2007

Luis O. Brea Franco contemplándose en El espejo de Babel


“Luis O. Brea Franco contemplándose en El espejo de Babel”

Francisco R. García Pérez

Desde hace muchos años, algunos de nuestros mejores intelectuales acostumbran a recopilar en libros sus artículos publicados en la prensa. A tan espléndido gesto, hemos de agradecer la posibilidad de volver a disfrutar una lectura más sosegada de páginas inolvidables que en su momento crearon: RP. Robles Toledano, María Ugarte, Celso Benavides, María Del Carmen Prodoscimi de Rivera, Andrés L. Mateo, José Alcántara Almánzar, Enriquillo Sánchez o Pedro Delgado Malagón. Su calidad formal evidencia una madurez estética igual a la que se encuentra en los mejores periódicos españoles, mejicanos o argentinos.

Con este ejercicio, que contrasta con la fugacidad de la mera crónica del acontecer diario, los lectores y el autor coincidimos en un ámbito de ideas y análisis que busca la precisión de aquellas cuestiones que la sociedad reclama sean ponderadas por sus individuos más sobresalientes. Nuestra historia literaria siempre ha contado con figuras de renombre como Don Américo Lugo, Manuel Arturo Peña Batlle, Vetilio Alfau Durán, Héctor Incháustegui Cabral, Juan Isidro Jiménez Grullón y Juan Bosch, en la segunda mitad del Siglo XX ; o, Pedro Francisco Bonó, Francisco Gregorio Billini, Federico García Godoy, José Ramón López, entre otros, en la segunda mitad del siglo XIX.

Luís O. Brea Franco, al publicar en El espejo de Babel sus artículos escritos para el periódico El Caribe desde Octubre del 2000 hasta Noviembre del 2004, no ha hecho sino continuar una tradición que se remonta incluso hasta la segunda mitad del Siglo XIX en nuestro país. Dentro de esta variante del ensayo, que representan estas publicaciones, el autor combina su elevada formación académica en filosofía y en humanidades clásicas, desarrollada bajo la tutela de Eugenio Garin en la Universidad de Florencia, Italia, con la sabiduría obtenida del desempeño dentro de la gestión cultural en la administración pública.

El espejo de Babel está dividido en cinco (5) secciones, que su autor llama etapas para aludir a la suerte de espiral cronológica en la que se van desarrollando desde distintos ángulos los mismos temas. En sentido general, estos se pueden agrupar en tres (3) grandes líneas: gestión cultural, políticas local e internacional, y acontecer intelectual y filosófico contemporáneos. Aunque expuestos dentro de la rígida contención que exigen las publicaciones de la prensa, la problemática tratada, sin embargo, se cubre con particular precisión y claridad.

Los temas de gestión cultural son abordados desde dos perspectivas distintas, de un lado, la crítica al quehacer mismo ejercido por sus representantes gubernamentales aparece en los artículos: No solo espectáculos, Declaraciones ministeriales, Lo cultural: una reforma trunca, Ni Mozart ni Salieri, Dos visiones de la cultura, Discípulos de Ionesco, La cultura vuelta de cabeza, entre otros, o bien, desde el ángulo de las recomendaciones sobre la expresión ideal, a juicio del autor, de la gestión cultural en: Un sueño, Promoción del libro y la lectura, Por un fondo creativo, Recursos para la lectura, Las obras de cultura, La excepción cultural, y acaso el mejor sobre el tema: El derecho a la cultura: derecho humano fundamental.

Pese al condicionante crítico que para un intelectual significa la adhesión partidista, no percibo en los artículos dedicados a la política nacional la incómoda distorsión que esto suele producir. Con seguridad, ayuda la perspectiva ética desde la que siempre aparecen enfocados sus enjuiciamientos. Amén de que los hechos a que se refiere corresponden a acciones de extrema inmoralidad, ante las cuales los responsables de orientar a la sociedad no deberían permitirse jamás la imperdonable complicidad del silencio. Sobresalen, creo, Intento de secuestro, Clientelismo y cultura, Agonía cotidiana, Asalto constitucional, Cultura del abandono, Necesidad de ideas claras, Retórica y verdad, y los mejores dentro de este tema: La tierra del eterno retorno, La danza de los millones, Cordura, Mcbeth el insaciable y La noria infernal.

La opinión de Brea Franco en materia del acontecer internacional se aproxima a la posición política tradicionalmente englobada bajo el término izquierdismo, en la medida en que somete a cuestionamientos severos las acciones políticas de los Estados Unidos, incluso antes de verse las consecuencias favorables o no de las mismas. ¿Roma rediviva?, apoyándose en el libro Imperio de Michael Hardt y Antonio Negri, La Guerra, El enojo de Rumsfeld, Guerra y opinión pública, Los horrores de la guerra, y por último, Símbolos del nuevo orden, son todos artículos donde apoyándose en un fino análisis expone, con mesurados razonamientos, su parecer.

En el manejo del acontecer intelectual y filosófico contemporáneos asistimos con los artículos de Brea Franco al espectáculo de contemplar un verdadero Maitre a penser - como dice, Vargas Llosa de Sartre, Camus o Isaiah Berlin – revelándose dueño absoluto del oficio de cincelar textos de factura impecable. Cuando se ocupa de pensadores contemporáneos como: Martín Heidegger, John Rawls, Paul Ricoeur, Theodor Adorno se nota un deliberado esfuerzo de adaptación de sus ideas a nuestra problemática particular como país. Si se ocupa de Samuel Huntington, lo hace para enfrentar sus ideas contra la migración hispana hacia los Estados Unidos, en su último libro ¿Quiénes somos?, Los desafíos a la identidad nacional estadounidense y, para oponerle las críticas de Francis Fukuyama a su tésis de que la cultura norteaméricana se apoya en los valores de la religión protestante. En uno u otro caso, se nota un ejercicio de pensamiento creativo, en todo momento, alejado de la reproducción mecánica de ideas y pensamientos ajenos.

Bien escritos y mejor pensados, destacan por sobre todos los demás, aquellos artículos que tratan acerca de filósofos y temas filosóficos. Son piezas magistrales: El mecánico de la razón, sobre el bicentenario de Kant; Ex-nihilo, sobre la nada en Parménides; ¿Filosofía?, suerte de acercamiento a las evanescencias de su definición; El viaje de la Ilustración, en el que valiéndose de la metáfora del recorrido de Ulises explica el tránsito del Renacimiento al Siglo de las Luces, o bien, Interpretación de Nietzche, donde examina el libro que el filósofo alemán Rudiger Safranski dedica a su controversial compatriota, dentro de una trilogía que inició con Schopenhauer y completó con Heidegger, tratando de descubrir los hilos sutiles que enlazan sus ideas respectivas. Las cuestiones analizadas en estos artículos claramente forman la base teórica de todo el libro.

El paso de Brea Franco por el difícil terreno de la actualidad intelectual ocupándose de figuras tan diferentes como el historiador Paul Kennedy; Ilya Prigogine, teórico del caos; Theodor Adorno, filósofo de la Escuela de Frankfurt; Paul Ricoeur, sumo pontífice de la hermenéutica; George Steiner, el humanista; o el filósofo moral John Rawls, verdaderamente asombra por la propiedad con la que descubre en cada uno el núcleo central del que emergen sus complejas reflexiones. Junto a los artículos que dedica a Federico Nietzche: Interpretación de Nietzche, Nietzche y la post-modernidad, Nietzche con coco y Nietzche en Santo Domingo, se evidencia la rara virtud de practicar la erudición sin contaminarse del exhibicionismo que delata una inexcusable inmadurez del intelecto.

Cuestiones como la hermenéutica, el nihilismo, el nuevo orden mundial, la cultura y la filosofía o autores como Nietzche y Heidegger integran la agenda de reflexiones de la post-modernidad, por lo que decir que El espejo de Babel es, en cualquiera de las tres vertientes que abarca, un interesante aporte del discurso ensayístico dominicano a los problemas de esta corriente de pensamiento equivale a otra forma de hacerle justicia. Comprobación esta que no impide advertir, con alguna sorpresa, que pese a tener Brea Franco una filiación filosófica semejante, no se hubiese inclinado, como era predecible, hacia las posiciones de Lyotard o Baudrillard, mucho más acordes con la genealogía que aquel constantemente invoca, sino que orienta su proa en dirección cercana a los defensores contemporáneos del proyecto de la Ilustración como Jürgen Habermas, o bien hacia estilos, más discretamente apocalípticos, dentro de la post-modernidad como los de Gianni Vattimo en el Pensamiento débil y en la Ética de la interpretación.

Contemporáneo estricto de El espejo de Babel, apareció en el 2004, el ensayo titulado El terror como espectáculo, obra del magnífico poeta Enriquillo Sánchez. Quien, como de costumbre, haciéndose eco de Roland Barthes optó por razonar sobre el ataque terrorista a las Torres Gemelas siguiendo la deriva irracional que caracterizó al, por demás arbitrario y provocador, ensayista francés. El poeta compartió igual desencanto que su maestro, cuando éste se dio de bruces contra la letal aporía oculta detrás de la regresión infinita, ocasionada por el hecho, inesperado para ambos , de que cualquier meta-lenguaje puede convertirse en lenguaje-objeto, en una sucesión que se repetiría interminablemente. Desolados, maestro y alumno, terminaron deambulando en el laberinto post-estructuralista. Razonando argumentos a favor de la irracionalidad, Enriquillo Sánchez, resultó ser, no obstante, más fiel que Brea Franco a sus orígenes.

Entre los que, de un lado se oponen, como Enriquillo Sánchez, Roland Barthes, los post-estructuralistas o los post-modernos a lo Baudrillard y Lyotard, al proyecto de la Ilustración, y, los que, de otro lado, simpatizan con Jurgen Habermas con su Razón Comunicativa o con Karl Otto Appel y su Teoría de una Comunidad Ideal de Comunicación, me inclino a favor de estos últimos; creo igual que Brea Franco y ellos, que la Ilustración no es un paradigma agotado, pues el ideal de justicia, de igualdad, de libertad, tanto como la apelación a la razón, ya fuere: científico-natural o filosófica, siguen dando frutos útiles a la humanidad. Proponer su ruina a causa del Holocausto, de Stalin u otros desaciertos, al tiempo que injusto, adolece de un peligroso reduccionismo, que solo nos sirve para exaltar la sinrazón. Estos profetas del apocalipsis de la racionalidad ya tienen desbordadas sus copas con el resurgimiento de los nacionalismos, de los fundamentalismos religiosos, por lo que, leales al espíritu de la Ilustración, habremos de proponerles que apuren su contenido libremente hasta el final. Quienes no participamos de sus gustos, pues, proseguiremos con los nuestros.

De ninguna lectura nadie sale nunca ileso. El espejo de Babel de Luis O. Brea Franco deja en sus lectores la agradable, aunque infrecuente sensación, de haber compartido con un autor capaz de internarse en los más sombríos abismos del pensamiento contemporáneo: Heidegger, la post-modernidad, o la hermenéutica, guardándose siempre de que su expresión no perdiera jamás su peculiar transparencia verbal.

La única posibilidad para la convivencia según Chejov


El tributo que un personaje de Vasili Grossman rinde a Chejov en su novela "Vida y destino : “Chejov metió Rusia en nuestras conciencias en toda su vastedad [...] Dijo, dejemos a Dios –y todas esas grandes ideas progresistas– a un lado. Empecemos con el hombre; seamos amables y atentos con el hombre individual, sea un obispo, un campesino, un magnate de la industria, un prisionero en las islas Sajalin o el camarero de un restaurante. Empecemos con respeto, compasión y amor por el individuo o no llegaremos a ninguna parte”.